28 mayo 2008

Haneke, el silencio tras el disparo

Hace 11 años, en 1997, Michael Haneke estrenó Funny Games. En la película, una familia burguesa –padre, madre e hijo–, regresa a su casa del lago para pasar un tranquilo y apacible fin de semana navegando y descansando. Por desgracia, la presencia de dos jóvenes altera totalmente esos planes. Con esta historia, en apariencia sencilla, Haneke, deconstruye las claves del género del terror, creando un clima en el que la violencia resulta tan real y extrema como innecesaria. El espectador es sometido a un proceso de voyeurismo en el que no hay espacio para la contención. Sus malos no se presentan amparados bajo argumentos morales, genéticos o educativos. Sino que incluso se permiten la insolencia de dirigirse al espectador, formando así parte de una grotesca comedia del arte en la que la violencia no tiene redención.

Con ella -dijo Haneke– pretendía explicar que la violencia sólo persigue un objetivo: hacer daño de forma indiscriminada a otras personas. Y lo hacía utilizando a los propios –y sádicos– protagonistas como profesores. Por eso también, la maldad de sus personajes aparece despojada de los convencionalismos del género: ni han sufrido una tortuosa niñez plagada de abusos, ni forman parte de un colectivo de yonquis. Son así porque lo son y punto. O mejor, son así porque disfrutan inflingiendo dolor.

Además de prescindir de abyectas justificaciones morales, el director no permite la injerencia –absurda, por otro lado– de elementos externos que alivien el dolor de quienes sufren. Aquí los malos, los dos sociópatas perfectamente descritos como dos clowns –Peter & Paul, Beavis & Buthead, Tom y Jerry–, seguirán haciendo daño, o sea, matando, incluso después de que acabe la película.

El director alemán concibió está historia expresamente para el público estadounidense, considerando que esta audiencia está sometida diariamente a altas dosis de violencia audiovisual sin apenas reconocimiento. La poca –casi nula– aceptación que tuvo la película en Estados Unidos –porque está rodada en alemán, y porque allí el cine subtitulado se estrena en salas de arte y ensayo– es la razón fundamental que le ha llevado a dirigir una nueva versión de Funny Games, en inglés y con actores conocidos (Tim Roth y Naomi Watts son el matrimonio, y junto a ellos los inquietantes Michael Pitt y Brady Corbet), pero exacta y milimétricamente calcada a la versión alemana (que protagonizó, entre otros, el desaparecido Ulrich Mühe).

En realidad Funny Games no es más que una aproximación a una de esas zonas oscuras que alberga nuestra conciencia, entre las que se encuentran el dolor, la culpa, la violencia, el sexo y el placer. Algo que Haneke ha tratado en casi todas sus películas. Aunque para ello haya elegido distintos puntos de vista. Su cine, tachado por algunos de simplista, obsceno e incluso de pornográfico, no responde preguntas. Tan sólo las plantea, a la vez que disecciona conductas y sus reacciones. Y lo hace de forma explícita, desnudando el alma y dejando en entredicho al ser humano. Por esto, y por otras muchas razones, sus universos resultan tan interesantes como perturbadores. Y por eso también Funny Games puede ser considerado uno de sus mejores trabajos.

No haré disquisiciones sobre cuál de las dos es mejor, entre otras razones por que son prácticamente iguales (la americana tiene 10 minutos más, simplemente porque algunos planos duran más; y sí, Naomi Watts le confiere un punto más erótico en algunas secuencias; pero en cambio los malos, funcionan más como pareja cómica, tipo el gordo y el flaco, en la alemana). Tan sólo dejo aquí el trailer de la original (y para comparar, aquí el de la americana) y lo completo con esta entrevista, divida en dos partes, en la que Haneke desvela muchas claves de su cine y, sobretodo, de Funny Games: Primera parte, Segunda parte.

19 mayo 2008

Indiana Jones 4, me toca los co.....

Una pena.
Tal y como avanzaba en el post anterior,Spielberg necesita urgentemente asistir a una de las conferencias de Robert McKee. Bueno, él, George Lucas y el guionista de esta cuarta parte de las aventuras de Indiana Jones, David Koepp. Entre los tres han desaprovechado una oportunidad de oro –no creo que a Harrison le queden fuerzas y ganas de más Indianas– para ofrecernos una nueva entrega de interesantes, divertidas y gloriosas aventuras de uno de los mejores y más grandes heroes de acción del cine reciente. La culpa, como siempre, descuidar la historia y a los personajes.
El guión –que empieza en la penúltima secuencia de la primera entrega– arranca de forma más o menos original introduciendo unas críticas –inusuales en el cine de Spielberg y de Lucas– al colocar a Indi en una lista negra de posibles comunistas o convirtiéndole en el cebo de una intrigante y peligrosa carrera nuclear. Pero todo resulta ser un espejismo que desaparece a la media hora (minuto arriba, minuto abajo) para sumirnos en una espiral sin fin dominada por la acción sin más justificación. Los guiños cinéfilos (que los hay en abundancia) serían interesantes si no fuera por ese empeño Spilberiano de resolverlo todo mediante golpes de efecto.

Los personajes están desdibujados: lo mismo nos da lo que le pase a una mayorcita –y entrada en carnes– Karen Allen, que a su hijo, un Shia LaBeouf anodino –no es ni tan armalíos ni tan despistado como era su madre, ni tan listo como era, y es, su padre– y repetitivo –para peinarse a lo Travolta se sobran pelos–. Menos mal que a Indi le conocemos de entregas anteriores, porque si fuera por esta más le valdría recoger el látigo y el sombrero. De los malos tampoco parecen haberse preocupado –salvo la parte estética–, aunque el oficio y el divertido acento de Cate Blanchett le permiten alcanzar el aprobado raspado.

Lo que si consiguen, mejor dicho, conseguirán con el tiempo, tanto Lucas como Spielberg, es cerrar sus particulares círculos metacinematográficos. Así, mientras Lucas se sube a lomos de American Grafitti, gracias al look "Marlón Brando Salvaje" (no sabemos muy bien a qué viene) y a una banda sonora sesentera (según la historia estamos a finales de los 50), Spielberg acaricia de nuevo el dedo de nuestro E.T. favorito jugando a un nuevo ENCUENTROS EN LA TERCERA FASE (cuando la vean lo entenderán).

Salvemos pues determinados momentos –a los ya mencionados, añadamos las primeras secuencias de Shia y su escapada motera a lo Steve Mcqueen–, y como no, un final ante el que merece la pena quitarse el sombrero, o ponérselo, según quien. Para el resto, una película que barrera en taquilla pero que terminará manchando la honrosa carrera cinematográfica de nuestro arqueólogo favorito, el Doctor Henry Jones Junior.



Otro punto de vista distinto.

13 mayo 2008

Esquizofrenia cinéfila

Estas dos últimas semanas he tenido la suerte -gracias a los pases de prensa- de ver tres películas bien distintas. La primera ya se ha convertido en un taquillazo: IRON MAN, el hombre de hierro. No soy asiduo lector de cómics, así que lo desconozco todo –ahora sólo casi todo– de este superhéroe. Por eso mi visión no está entorpecida por la novela gráfica de donde proviene y por eso me atrevo a decir que si IRON MAN la hubiese protagonizado el cara-palo Nicolas Cage, o el atormentado Tom Cruise (que eran dos de los nombres que sonaron en un principio), la película no hubiese pasado de la típica historia de superhéroes de tres al cuarto (seguramente, también, con más dinero en la taquilla). Afortunadamente, incluso para él, su protagonista es Robert Downey Jr., con todas las virtudes y defectos que ello puede ocasionar y de hecho, ocasiona (de las primeras). Que nadie busque dobles lecturas o inmersiones en la parte oscura del personaje protagonista Tony Stark porque no las hay. A cambio, Downey, presta al Hombre de Hierro su irónica verborrea y un acertadísimo humor que, tal vez, no dignifique al héroe, pero al menos le vuelve mucho más divertido.

El segundo taquillazo de estos días –seguramente a estas horas ya le habrá quitado el título a IRON MAN– es la cuarta película como directores de los hermanos Larry y Andi Wachowski. Digo cuarta, porque LAZOS ARDIENTES fue la primera, MATRIX la segunda y MATRIX RELOADED y MATRIX REVOLUTIOS, las dos juntas, la tercera. Cuento todo esto para demostrar que los Wachowski tienen una carrera cinéfila más bien breve (6 guiones y 4 películas) y que su bagaje es el de cientos de frikis cinéfilos y comiqueros, dicho esto con el mayor de los respetos para los citados frikis. Un periplo en el que sólo MATRIX y el guión de V DE VENDETA –de la que el propio autor, Alan Moore se desentendió– ofrecen garantías de auténtico cine. Pero hablemos de esta cosa –sí, he dicho cosa– llamada SPEED RACER. Como con IRON MAN desconozco el origen, es decir la famosa serie de los años 60 en la que se han basado, pero aquí el resultado es el de una película empeñada en impactar con poperos y chillones colores y con una batería abrumadoramente atronadora de efectos digitales; dando así buena fe del paradigma en el que se ha convertido el cine comercial made in Hollywood. Lo grave, lo desolador, no es que la historia importe un pimiento, a eso ya estamos (mal) acostumbrados. Lo realmente delirante es el nulo interés que los guionsitas y directores demuestran por quienes debieran ser sus actores y cuya presencia pasa completamente desapercibida para el espectador. No sabemos qué artimañas han utilizado para convencer a Christina Ricci, a John Goodman y, sobre todo, a Susan Sarandon. Por desgracia este aburrido parque temático de luz y de color (que diría Marisol) barrera en taquilla, como el ciclón en Birmania o el tifón en China. Todo gracias a una buena ración de dólares gastados en publicidad y, como no, con el beneplácito de los medios españoles –los mismos que cantan a voces que el cine español va de mal en peor– que caen en ese flirtreo ramplón de hacerles la pelota vía tiempo televisivo y páginas de revistas y periódicos.


La tercera, es un islote creativo que merece la pena, por su director, por su historia y porque provoca en el espectador sensaciones varias, entre la que se encuentra la rareza de hacernos pensar. Su título es toda una metáfora de lo que nos cuenta: UNA CHICA CORTADA EN DOS. No estamos frente al mejor Claude Chabrol, entre otras cosas porque en esta trama no hay ni misterio ni suspense. Lo que sí hay es una ejecución clásica y una disección de la mentira y la depravación, todo envuelto en una sobriedad de recursos que tan buenos resultados le han dado a uno de los cineastas emblemáticos de la nouvelle vague. Una pena que esta historia –basada lejanamente en las andanzas del arquitecto Stanford White– pase casi de puntillas por nuestras salas.

Un vaticinio: dentro de unos días tendré el placer, y el lujo, de asistir al 'primer desembarco' de la 4ª entrega de las aventuras de Indiana Jones, y tras ver el trailer, creo que de nuevo y salvo sorpresas, nos vamos a encontrar con otro parque temático de efectos digitales, pero vacío de historia. Ojalá me equivoque y no tenga que darle la razón al insistente gurú del guión, Robert McKee, que en una entrevista aseguraba que Spielberg necesitaba urgentemente asistir a una de sus conferencias. Ojalá.